El último charango de Arequipa
Angel Mariano Muñoz, representa la
resistencia de esa Arequipa que no queremos dejar en el pasado. Desde niño
tocaba bien el charango, se entregó a la música, como los campesinos entregan
sus manos a la tierra. “El torito”, quien dejó la tierra volcánica en agosto,
fue el último integrante del Trió Yanahuara. ¿Es la muerte el fin la música?
Nadie le enseño a tocar el Charango,
aprendió sólo por puro gusto. De niño, venciendo todos sus miedos salió al
frente de su escuelita de Yanahuara e hizo vibrar las cuerdas de su instrumento
y los corazones de sus compañeros. Supo entonces, que la música guiaría su
vida. Su madre, Toribia Alpaca Palomino, fue la responsable de que ame la
música, su sensibilidad con este arte conmovieron al “torito”.
Cuando era tan solo un muchacho conoció a
Isaac Rodríguez, un célebre constructor de instrumentos, con quien se enrumba
hacia Bolivia para ayudarle a vender sus productos. “El torito”, no era un
hombre de riqueza; era agricultor y ganadero como su padre, don Francisco Muñoz
Aguirre, de quien aprendió que la pobreza es mejor con música. Estas enseñanzas
forjaron su carácter y le dieron la humildad que el éxito no le robo.
La soledad calmada de su finca, le
enseñó que se habla mejor con canciones. Cuando estuvo en La Paz, se presentó a
un concurso musical y ganó el primer puesto. Las personas aglomeradas en el
Estadio Paceño, lo aplaudieron y lo felicitaron. El hecho le dio valor para
quedarse en Bolivia, estadía que duro tres años. Trabajo como locutor,
cantante, y animador para fortalecerse profesionalmente.
Lejos del terruño, participa en “Radio
Abaroa” junto a un charanguista de apellido Masía, de quien aprendió a querer
el charango. Su hija, Marena Muñoz, recuerda que cuando su padre estaba en reunión
con la familia y amigos, recordaba a Masía con añoranza, pues nunca pudo
volverlo a ver. “Mi papá solía hablar de él con cariño, recordaba que tocaban
juntos a diario”, explica Marena.
Nutrido de experiencia decide formar el
trió “Los Ponchos Negros”, junto a dos guitarristas bolivianos, con quienes
realizó giras por todo Bolivia. Conoció el éxito en la tierra de La Paz, pero
un fuerte sentimiento de añoranza por su Arequipa, lo hizo volver. Ya en el
Perú , decide grabar sus primeros discos; “Caminito Yanahuara”, la marinera “La
Sureña” y la pampeña “Arequipeñita”.
“Él siempre hablaba de su Arequipa y su
charango, nunca dejó de tocar a pesra de que los años estaban contrariando su
salud. Era el despertador de la casa en las madrugadas, con su música. Antes de
partir dejó un poema con su voz que se titula “Te dejo mi recuerdo Arequipa”,
quizá anticipando su adiós”, explica Cesar Vázquez, el yerno del “Torito”.
Su apelativo “El Torito”, fue por ser el
hermano menor. Víctor, su hermano mayor era “El Toro”, apodo que se había ganado
por ser alto y robusto. Como Ángel era pequeño y de contextura delgada, le pusieron
el nombre en diminutivo. Los amigos con los que jugaba en el distrito de
Yanahura hicieron popular el seudónimo.
Pequeño y noble como era, llegó a
pertenecer al “Trío Yanahuara”, que con Daniel Serpa y Pedro Pablo Llosa (ya fallecidos), formaron un
trío que le dio brillo a la música arequipeña. También perteneció al “Conjunto de Cuerdas de
Arequipa”, y toco al lado de grandes guitarristas peruanos de la talla de Raúl
García Zárate, Rafael Amaranto y Félix Valdivia Cano.
Mostró su arte en diversas ocasiones, en Radio Nacional y en
Radio Victoria destacando su personal forma de ejecución del estilo arequipeño
“vibrato” con el charango afinado con cuerdas de metal. El estilo
de Angel “El Torito” Muñoz es considerado único debido a su estilo de ejecución
nostálgico y quejumbroso, característica que hace que se le reconozca de
inmediato.
Nunca vivió de la música hizo vivir a la música, siempre fue agricultor
y ganadero, sus melodías le hacian recodar la soledad, las fincas, la altura,
los niños caminando en el frío, la pobreza, como lo cuenta su hija Marena. Sus composiciones juegan con la tristeza, son lentas, tenues, dulces.
La música que le sale desde adentro es dolida y nostálgica, carga un peso de
lágrima, de rechazo, de rabia y de abandono.
“Ojala se acuerden de mí”, dijo Angel
Muñoz, en una entrevista hecha por Carlos Cahuana, locutor de Sobre la chamba
la piedra, de Radio Yaraví. Esas palabras eran su deseo ante su eterna ausencia
física. Daniel Serpa y Pedro Pablo Llosa, se le adelantaron, pero cada vez que
Angel Muñoz los recordaba esbozaba una sonrisa. Ahora, los tres tocaran para la
dicha del cielo.
89 años fueron suficientes para que la
muerte decidiera llevar al “torito”, merecedor de la Medalla y Diploma de
Patrimonio Cultural de Arequipa de la Municipalidad Provincial, reconocimiento
de “Personalidad Meritoria de la Cultura Peruana” por el Instituto Nacional de
Cultura, la Medalla de oro de la Ciudad de Arequipa, y muchos otros.
Yaraví Ruegos
(Letra de Mariano Melgar)
Si atenderías a los ruegos de un desventurado amante
que por ti muere
quizás no soportarías el que viva padeciendo quien bien te quiere.
quizás no soportarías el que viva padeciendo quien bien te quiere.
Te amé, te amo y te amaré
aunque me creas indigno de tal amor
yo alimentaré en mi pecho esta pasión que me causa tan cruel dolor.
yo alimentaré en mi pecho esta pasión que me causa tan cruel dolor.
Finalmente
el cielo invoco
Que favorable decida de mi destino
entonces conocerás mi excesiva voluntad y amor fino.
El relato crudo de este hombre sobre cómo persiguió al animal desangrándose, para rematarlo frente a sus crías, a las que intentó proteger, llevó al músico arequipeño a llorar y retirarse conmovido de la plaza. En su habitación de hotel, cogió la guitarra y compuso lo que más tarde se conoció como “La danza del venado”, una melodía que cuenta en las cuerdas del instrumento y con especial maestría, la desesperación del animal ante la muerte.
“Esta historia nos deja ver la sensibilidad del artista, demostrada con gran talento en la guitarra”, dice Juan Guillermo Capio, quien oyó la melodía cuando escribía el libro Arequipa, Música y Pueblo, donde recopila obras del sentir popular mistiano.
En 1977 cuando Juan Guillermo Carpio, junto al músico Ricardo Córdova y el actor Germán Rodríguez Amado, organizaron un espectáculo artístico en homenaje al Sesquicentenario del colegio Independencia en el Teatro Municipal. Jorge Cornejo Polar, director nacional del INC, estaba entre los asistentes y al ver el éxito, pidió a los artistas que se presenten en Lima. Esta vez, en el elenco estaba el Dúo Serpa y El Torito Muñoz.
“Ligligchar” o mataperrear, es el término que Juan Guillermo Carpio usa para referirse a las salidas con su amigo Ángel Muñoz. En estas ocasiones, numerosas sin duda, iban a comer y divertirse en las picanterías de la ciudad. En una ocasión, en una de las calles de Yanahuara iban ambos entonando alegres “El Espejo de Mi vida”, de Felipe Pinglio, y Ángel lo hizo de corrido, letra competa y bien entonado, lo que llamó la atención de su amigo.
Fue una de sus últimas salidas, hace año y medio, cuando la salud del charanguista estaba ya delicada. Juan Guillermo Carpio recuerda que fue su amigo quien le contó que su primera composición en guitarra la hizo a los pies de la tumba de su madre en el antiguo cementerio de Cayma, en la calle Lari Lari, a donde el intérprete se arrojó presa del dolor una madrugada , poco tiempo después de la muerte de la matrona arequipeña.
Que favorable decida de mi destino
entonces conocerás mi excesiva voluntad y amor fino.
Las anécdotas del “Torito Muñoz”
El arequipeñista, Guillermo Carpio Muñoz, era amigo
de Ángel Muñoz Alpaca, fueron “hermanos” por muchas décadas, antes que la fría muerte
se llevará al “Torito”. Se conocieron cuando el charanguista volvió a Perú
luego de un tiempo en Bolivia, recorriendo sus ciudades con el grupo Los
Tonchos Negros. Se conocieron por casualidad, pero su amistad traspaso los límites
de la desgracia.
Cuenta Carpio Muñoz que su amigo se dedicó entonces a comercializar ganado,
lo que lo llevó a recorrer muchos pueblos del sur. Una de sus paradas
habituales era Cusco, a donde llegó un 24 de junio, cuando en plena Plaza de
Armas de la Ciudad Imperial celebraban el Inti Raymi, entregando premios a
ganadores de expresiones diversas, entre ellas, a un cazador que había matado a
un venado.
El relato crudo de este hombre sobre cómo persiguió al animal desangrándose, para rematarlo frente a sus crías, a las que intentó proteger, llevó al músico arequipeño a llorar y retirarse conmovido de la plaza. En su habitación de hotel, cogió la guitarra y compuso lo que más tarde se conoció como “La danza del venado”, una melodía que cuenta en las cuerdas del instrumento y con especial maestría, la desesperación del animal ante la muerte.
“Esta historia nos deja ver la sensibilidad del artista, demostrada con gran talento en la guitarra”, dice Juan Guillermo Capio, quien oyó la melodía cuando escribía el libro Arequipa, Música y Pueblo, donde recopila obras del sentir popular mistiano.
“Pocos saben que Ángel fue un magnífico guitarrista y maestro de un gran
interprete joven, Pedro Rodríguez (el compositor del canto para el
Bicentenario) quien en el 2011, grabó junto al Torito “La danza del venado”.
Esta vez, Rodríguez está en la guitarra”, agrega el sociólogo arequipeñista.
En 1977 cuando Juan Guillermo Carpio, junto al músico Ricardo Córdova y el actor Germán Rodríguez Amado, organizaron un espectáculo artístico en homenaje al Sesquicentenario del colegio Independencia en el Teatro Municipal. Jorge Cornejo Polar, director nacional del INC, estaba entre los asistentes y al ver el éxito, pidió a los artistas que se presenten en Lima. Esta vez, en el elenco estaba el Dúo Serpa y El Torito Muñoz.
“Arequipa, canta y baila” es el nombre del recital que llamó la atención de
Raúl García Zárate, el eximio guitarrista, quien enamorado de las melodías
arequipeñas, la guitarra y el charango, los convenció para tertuliar esa noche
(ya de madrugada) en su casa. Más tarde los animó a grabar un disco que no se
pudo hacer en la casa disquera a la que Zárate pertenencía, Sono Music, sino en
la competencia. En esa grabación, Zárate interpreta la guitarra, pero no figura
en los créditos. El disco es Ruegos.
“Ligligchar” o mataperrear, es el término que Juan Guillermo Carpio usa para referirse a las salidas con su amigo Ángel Muñoz. En estas ocasiones, numerosas sin duda, iban a comer y divertirse en las picanterías de la ciudad. En una ocasión, en una de las calles de Yanahuara iban ambos entonando alegres “El Espejo de Mi vida”, de Felipe Pinglio, y Ángel lo hizo de corrido, letra competa y bien entonado, lo que llamó la atención de su amigo.
Fue una de sus últimas salidas, hace año y medio, cuando la salud del charanguista estaba ya delicada. Juan Guillermo Carpio recuerda que fue su amigo quien le contó que su primera composición en guitarra la hizo a los pies de la tumba de su madre en el antiguo cementerio de Cayma, en la calle Lari Lari, a donde el intérprete se arrojó presa del dolor una madrugada , poco tiempo después de la muerte de la matrona arequipeña.

Comentarios
Publicar un comentario